Javier Arnedo: «Nuestra vida pasa por dejar de ser tan ridículos como hemos sido unos pocos años»

Después de años tocando en Danny Rose & The Harridan Robbers, de colaborar puntualmente con Lelé Terol y de convertirse en una de las plumas más afiladas y lúcidas que se pueden leer por aquí, Javier Arnedo se atreve a publicar música bajo su nombre. El resultado, negrísimo pero no exento de la esperanza –y quizá la certeza- de una luz, se llama La Grulla y es un fresco sobre lo que nos pasa. Él y su guitarra. Encarando la verdad, bajando al pozo y borrando la historia para que solo quede la emoción, como repite agachando la cabeza y golpeando la mesa mientras botan los botellines de cerveza y el plato de almendras.

¿Cuándo empezaste a tocar la guitarra?

Yo empecé tocando un enchufe antimosquitos. Tenía unas hendiduras y ahí le daba yo. Hay que ser ridículo, la virgen. Eso fue con 14 años. Yo quería tocar el bajo, pero mi madre decía que eso era muy caro y que si quería tocarlo tenía que demostrar ilusión tocando la guitarra 30 años de mi vida. Entonces cogí la guitarra de mi tío, que tenía las cuerdas a un metro del mástil. Era imposible tocar aquello.

¿Por qué te dio por ahí?

Mi madre siempre ha sido músico. Toca la flauta y la percusión melódica, pero además de ella no ha habido ningún instrumentista cerca de mí. Es cierto que mi madre escuchaba muchísima música, sobre todo clásica y ópera, y quizá me venga de ahí.

Después de tantos años tocando, ¿por qué ahora es el momento de publicar La Grulla?

Me he tirado mucho tiempo haciendo cosas que no tenía que hacer. He estado en otros grupos…a ver, yo tengo miedo. Tengo miedo, y entonces siempre me he puesto en la otra parte del asunto. Escribo sobre gente y escucho música de otra gente, pero no soy capaz de enfrentarme a un público yo solo. Por eso componía música para que la cantara otra gente. Es cierto que yo era el instrumentista principal, pero siempre había una voz que me tapaba. Ahí estaba muy a gusto. Hay un momento en que me doy cuenta de que tengo varias canciones con algo en común y decido juntarlas. Y, coño, que ya era hora de que editara un disco a mi nombre.

Háblame de ese miedo.

Es miedo a la exposición.  No sé si es un trauma o una tara mental o algo por el estilo. Creo que todos necesitamos el reconocimiento de una figura que sea muy importante en nuestra vida. Eso te empuja a intentar hacer algo muy bueno. Tengo miedo a eso porque nunca he tenido esa figura paterna y no sé por dónde van los tiros. Supongo que al final es miedo a la oscuridad, a lo desconocido.

Hablabas de grupos en los que componías y luego te situabas tras un parapeto. El que más repercusión ha tenido es Danny Rose & The Harridan Robbers. ¿Te satisfacía?

Sí y no. No sé trabajar en grupo, eso siempre  me ha pasado, y era algo muy distinto a lo que he hecho aquí. En esos discos hay luz. Aunque hay sombras, es cierto, también hay muchísima luz. Y creo que lo que es mi gran verdad es este disco, La Grulla.

Cuando estabas componiendo y grabando La Grulla, ¿te dio vértigo el darte cuenta de que ya no hay vuelta atrás, que esto lo vas a tener que defender tú solo?

No lo pensé, tío, porque lo hice en mi casa completamente contaminado por los sentimientos que tenía. Yo quería enseñarle esto al mundo. No pensé en eso. Le daba vueltas viniendo para acá: Vale, he escrito esto, ahora tengo que hablar al respecto, ¿qué coño digo? No lo he tenido en cuenta y sé que me va a costar.

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Para alguna gente, el principal acercamiento a tu universo es a través de la escritura. Es mi caso, por ejemplo. Primero te leí y luego te escuché. ¿Qué parte de ti tira hacia la escritura y qué parte de ti, hacia la guitarra?

Lo musical es totalmente irracional. Sale cuando mi cuerpo ya no da para más. No puedo ni hablar ni escribir. Cojo la guitarra, me constriño, me tiro encima de ella, me la follo –he llegado a babearla o a llorar encima de ella, tío- y luego tengo que limpiarla. Sería imposible escribir eso. Serían garabatos.  La escritura parte de otros códigos. Historias y emociones, sí, pero normalmente tengo una idea antes. Sé qué quiero decir. Cuando toco, no sé qué quiero decir.

Pero, al mismo tiempo, y pese a ser un disco instrumental con desarrollos y tal, no desvarías, las ideas son bastante concretas. Se dice que hay escritores de mapa –los que tienen todo muy atado antes de empezar a escribir- y escritores de brújula, los que van tirando del hilo en el mismo momento. ¿Cómo has escrito este disco?

Con brújula pura y dura. Pero ni siquiera hay brújula, no voy mirando al norte. Yo tiro y no sé dónde voy a acabar. Suelo coger el camino más pedregoso. Si hay un barranco, pues me caigo. Y creo que puede entenderse porque las emociones son universales. Un niño puede llorar viéndote llorar a ti. No tiene ni que explicarse. Yo escupo una emoción y no dejo de tocar hasta que no salgo de ella. Espero que se pueda respirar y sentir esa emoción al escuchar el disco.

¿Percibes una relación entre tu escritura y tu música?

No soy consciente.

Se te lee y se te escucha y a menudo uno aprieta el móvil o la pantalla del móvil o el sofá y, cuando todo termina, suelta un suspiro. Lo tuyo suena a desquite. ¿Es así?

Eso es cierto, y sí que es una similitud. Cuando me pongo a escribir, me arden las manos. Es como si me metiera en un túnel, como cuando vas muy rápido por la carretera. Me pasa eso. Escupo, suelto, respiro, me levanto, me doy una vuelta y vuelvo. Me pasa también tocando, es cierto.

Eres una persona que edita bastante lo que hace.

Claro, porque sueltas un moco y al final tienes que arreglarlo un poco. Me pasa igual cuando un artículo o una canción no es algo vomitado simplemente. He estado una semana entera obsesionado con una canción. Entro en un estado de ánimo convulso y no es que esté con la canción en la cabeza, pero al final de la semana le doy vueltas y he estado todo el rato hablando de lo mismo. Coño, pues tiene sentido, voy a grabarlo.

Están muy presentes en el disco elementos de tu escritura: pasión, visceralidad, reflexión, sangre, alcohol, hastío, rabia… ¿es esta, definitivamente, tu historia?

Intento que no. El nombre del disco hace referencia a una marca de whisky y a un ave migratoria. Yo ese whisky no me lo bebo en mi casa, porque no quiero que entre en mi rutina diaria. Es una parte oscura y espero que transitoria: yo consumo La Grulla, pero la consumo en otro lado. Y luego me voy y no la voy a tener en mis  manos al día siguiente.

Es una parte de ti que te da miedo que te guste demasiado. 

A ver, me gusta porque de ahí saco cosas, pero no quiero ser esa persona. Hay mil formas de mirar hacia el arte que se resumen en dos: el romanticismo, voy a beber, voy a fumar, voy a ser muy triste, me iré a un puticlub…Bueno, eso son cosas que hemos hecho todos.

Fotógrafo: ¿Has ido a un puticlub, Javi?

Sí, pero no me he follado a ninguna puta.

Señora mayor de la mesa de al lado: A oscuras, todos los gatos son pardos, nene…

Fotógrafo: Vaya, eres de esos que dice que va a un puticlub a beberse un cubata…

La primera fue a tomarme un cubata…

Periodista, again: …¿a 15 pavos, no?

Hostias 15 pavos, a mí me cobraron seis…una puta nos echó porque solo queríamos beber. La segunda fue en Barcelona a tomarme otro cubata. Ahí si fueron 15 pavos. Un desconocido me dijo que me iba a llevar al mejor bar de la ciudad y resulta que era un puticlub. Terrorífico.

Bueno, seguimos con lo de mirar al arte: el caso es que no me gustaría tener esa actitud toda mi vida. De hecho, he dejado de hacerlo. Ahora intento crear desde la racionalidad y la luz sin olvidar del todo la otra parte. Quiero mantener un equilibrio.

Al final tienes que intentar beber menos y echar más horas al día con la guitarra o delante del folio.

Claro, hay que hacer un hábito del oficio. El oficio no puede ser la musa. Tú no puedes decir: Pues a las 12 de la mañana, borracho perdido y con un tirito de coca, me pongo a escribir…eso es de ser subnormal. Así vas a escribir o a componer una puta mierda durante toda tu vida. Creo que dar ese paso es muy importante, algo trascendente. La gente que sigue en lo otro años y años me inspira más pena que otra cosa.

Es una época en la que entiendes que no es que tengas una mala época o te hayas levantado de tal manera, es que quizá haya una parte de ti que sea así. Aprendes a convivir contigo mismo.

Yo soy consciente de que tengo traumas y alguna que otra tara mental. Ansiedad, taquicardia, insomnio…son cosas que están ahí y no sé el origen. Eso es parte de mi vida, de cualquier cosa que haga. Intento racionalizarlas y sumar otras cosas a la ecuación. Es cierto que no voy al psicólogo, pero soy consciente de que hay una parte de mi personalidad que está muy construida. Igual podría deconstruirla…

¿Estarías dispuesto?

Sí, tío. Fíjate en lo que le pasaba a David Lynch. Obviamente no me comparo con él, es un genio, pero el ejemplo viene de perlas para esto. El tío hace cine de sensaciones y tal. Su mente funciona así, tiene determinadas taras que le hacen proceder así. En un momento dado, un psicólogo le dijo que le podía curar. Él preguntó si eso supondría que dejara de concebir las cosas tal y como las concebía. El psicólogo le dijo que sí, claro. Él se negó. Pasó el tiempo y vio que no le rentaba estar así toda su vida y se propuso intentarlo. Pensaba que ya encontraría la manera de hacer películas, algo saldría.

¿Alguna vez te has expuesto a determinadas situaciones, sabiendo que te iban a hacer daño, solo para sacar algún rédito creativo?

Totalmente. Me he dejado vencer constantemente. He acabado en sitios ridículos y absurdos. Todo eso forma parte del romanticismo. Nuestra sociedad funciona así. El amor romántico es eso. Y el romanticismo no es solo amor, es una forma de vida. El arte, beber, conocer a gente…y somos absurdos, ridículos. Creo que nuestra vida pasa por dejar de ser tan ridículos como hemos sido hace unos pocos años.

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¿Te consideras solitario?

No. No puedo serlo. Me destruye la soledad. Tengo miedo a que la gente me abandone, pero cuando ocurre y paso esa especie de abstinencia, soy capaz de disfrutar conmigo mismo. Creo que soy una persona solitaria que no debería ser solitaria. Tampoco lo tengo muy claro…

Calamaro dice que una cosa es ser solitario y otra, estar solo.

Puede ser eso. Necesito la soledad, pero, como todos, necesito el calor humano. Y es una mierda, porque ser incapaz de abrazar la soledad te hace estar muy lejos de ti mismo. Angelica Liddell tiene un libro en el que escribe durante mucho tiempo a una persona a la que desea. Al final viene a decir que la soledad es muy puta. Dice que puedes abrazarla, pero al final siempre te va a atacar. Somos seres sociales. O es como configuras tu carácter. Yo qué sé. Yo nací en sociedad. Tenía una madre y un padre. Dejé de tener un padre y tengo miedo al abandono. Eso se me ha creado. Vivimos en una ciudad medianamente grande y es casi imposible no ser social en un sitio así.

El otro día hablaba con un tipo que hizo un documental, Camposanto, sobre un campo abandonado en mitad de Huesca. Encontró a un guardia forestal de 70 años que lleva casi toda la vida viviendo solo. Y es feliz. No ha conocido otra cosa. Si la conociera, ¿sería tan feliz? Yo qué sé. Ni siquiera sé si hay una respuesta. ¿Es mejor acostumbrarte a la soledad o huir de ella?

Quizá, poder elegir.

Pero es que no creo que seamos capaces de elegir. Ese señor no es capaz de elegir. No puede pasar dos días acompañado de nadie.

Claro, pasar dos horas leyendo en casa solo no es soledad.

Eso es. Estamos tan sumamente juntos que parece que salirte del Facebook una tarde es soledad. El otro día hablé con una panadera de Los Garres que sabe de la vida más que tú, yo, Kant y su puta madre. Me hablaba de que sus hijas tenían novio y tal, y que eso de que el roce hace el cariño es una grandísima verdad. El roce es lo que te dice si estás a gusto con alguien o no. Sin el roce de alguien, lo más normal es que le olvides. Necesitamos 37º que nos acompañen todas las noches. De eso creo que sí que no podemos desapegarnos.

 

Siempre se dice que el de escritor es un oficio solitario, al contrario que el de músico. Contigo no hay manera: hasta como músico eres solitario.

Totalmente. Con Danny Rose me lo pasaba muy bien, pero hubo un momento en que me daba de hostias con todos. No sé crear algo junto a nadie. Se me hace muy difícil encontrar a un músico que me entienda totalmente. Para mí hay más verdad en tocar solo.

¿Has encontrado respuestas?

Este disco está hecho de respuestas, pero al final las he borrado. Son historias muy concretas, pero ocurren, generan la emoción y se borra la historia. Creo que eso es lo que puede hacer la música universal. No me interesa martirizarme por algo que hice a los 17 o 18 años, pero sí esa emoción. Ahora veo lo idiota que era y veo todo aquello con perspectiva, pero la emoción sigue ahí. Con el tiempo y la perspectiva, no pienso en lo que pasó cuando toco una canción, la toco y me emociono y vuelvo a ese lugar, al de la emoción, no al de la historia. Pretendo que eso le pase a quien escuche el disco.

Las putas historias están en el córtex prefrontal, la amígdala es la que contiene la información verdadera, la que nunca olvida y tiene ahí dentro todo sobre las funciones primarias. Dolor, felicidad, nostalgia…todo eso está en nuestra parte física y química. Si no vas a ese epicentro, ¿adónde coño vas? Si te paras a pensar en la historia, igual no tiene ningún sentido escribir sobre eso, pero creo que justo ahí es donde reside la magia de todo esto, en intentar sacar algo bello incluso de situaciones horribles.

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Sin ánimo de sonar malditos ni bohemios, ¿qué te ha costado escribir, tocar y grabar este disco?

Discusiones conmigo mismo y con mi entorno, preguntarme mucho si esto es verdad y si es necesario. Eso son costes fijos. Los variables: pues cosas que van surgiendo. A pesar de todo, hacer esto es bueno para  mí, aunque soy muy sufrido y me sube la tensión cada vez que tengo que hacer algo con este disco.

El disco está hecho, ¿cómo te sientes respecto a él?

Siento orgullo e insatisfacción. Me alegro mucho de haberlo hecho, cierra una etapa e incluso una forma de componer. Cuando todo está hecho, el disco está cerrado. Me alegrará tocar esas canciones, pero seré otra persona. Quedarán reminiscencias de esto, claro, pero seré otra persona.

En el disco hay resonancias de tradiciones musicales muy diversas, se oye un estudio de la tradición  de la guitarra. Más allá de lo emocional, ¿habría sido imposible publicar este disco antes?

Mi forma de tocar no proviene de ningún sitio. Hace cuatro años, yo no habría podido tocar esto. Empecé con un tío que vendía porros, tocaba Estopa, Melendi…pero soy autodidacta. No viene de ningún sitio ni va a ningún sitio académicamente. Escucho Zorba el griego, de Cacho Tirao, y veo cómo maneja el pulgar y las melodías. Hace dos notas y mete un acorde y luego una melodía. Y luego lo cambia todo. Una rítmica muy loca. Aquello me rompió la cabeza y aprendí la primera parte, solo la primera parte. Entonces veo que tiene una versión de Baden Powell y me obsesiono con eso y tiro por ahí. Es raro, porque soy español y empiezo con la guitarra criolla. Aprendo hasta cierto punto y luego tiro por ahí. Hace años que no me estudio una canción de nadie. Me obsesiono con una técnica y se genera ahí una forma medianamente particular de tocar. Hace un par de años que yo dejé de tocar como toco en el disco.

 

Al mismo tiempo, hay mucho de aquí, de tus raíces. Para ti, ¿tiene algún sentido enfocar la música desde otro sitio diferente a ese?

En la raíz está la puta verdad. Es la tradición de un pueblo y algo que puede entender cualquier persona. Cualquier garrulo puede entender las cuadrillas de Patiño. Sabe que ahí hay algo suyo. Eso no pasa con toda la música. Yo tiendo a la música folklórica, y al final, el agua del río que bebes ha pasado por muchos sitios, y mucha gente ha meado en ella.

Estudiando la guitarra, yo me he quedado en el siglo XVI. Y descubro el otro día una forma de tocar muy guapa. Buscando autores, encuentro a un tipo llamado Santiago de Murcia, haciendo cosas guapísimas, un sonido muy particular, cinco cuerdas dobles y una simple, que, dentro del barroco, suena ya a flamenco. Un tío de Madrid en el siglo XVI, ¿cómo te comes eso? Y entonces lo hablo con Álex Juárez y me dice que le ve cosas del guitarro murciano. Coño, y el hijo de puta había trazado otra conexión. Es apasionante. Me vuelve loco la música de raíz.

Ya has dicho que este disco es el final de una etapa, ¿qué se cierra?

No sé si la etapa se cierra, pero quiero que se cierre. No somos dueños de nuestro destino. Quizá esto se interprete como una frase cobarde, y puede ser que lo sea, pero tengo la intención de que esa forma de hacer música se acabe. Me gustaría sacar de mí mismo cosas desde otro lugar. Vamos al pozo. Hay uno en el campo de Cartagena y otro en el Tíbet. Yo quiero llegar al Tíbet, lo que pasa es que está muy alto.

Decías que en Danny Rose había luz. Yo creo que aquí también la hay.

 Fíjate que en el disco es casi todo oscuridad. No era lo pretendido, lo veo y digo: joder, ¿qué coño hay aquí? Pero es cierto que lo escucho y veo que sí hay algo de luz. Quizá no mucha, cuatro o cinco notas, pero está ahí. Si no se entiende, es que no he hecho un buen disco. Después de todo, no me gustaría que quien escuche el disco piense que soy una persona triste y agónica.

Fotos del siempre contingente Diego Montana.

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