CUANDO NEVABA (RELATO)

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Pues resulta que me presenté al concurso de relatos del Club Renacimiento y fui finalista. Felicidades a la ganadora y al resto de finalistas. Gente virtuosa, me consta. María y yo fuimos al acto (en la sede de Estrella Levante) y dimos buena cuenta de las viandas de jamón, patatas fritas gordas y mejillones. También había unas delicias-de-a-bocao que llevaban pescado y no estaban buenas del todo, pero me comí 12 o 13, porque el producto se veía bueno y ya me estoy hartando yo de tomate frito Freshona. Luego tuvimos que pedir un taxi para traer a Vistabella la cajica de cerveza, no vayáis a creer que no echamos el viaje. En fin, aquí os dejo el relato.

—¿Eres del Madrid?

—Sí.

—Pues pa dentro —sonríe. Tiene una muela plateada.

Levanto la mano, tímido. Giran la cabeza y me apuntan con la barbilla. Son tres: Abuelo, Padre e Hijo. Abuelo está en el centro. Lleva un sombrero de fieltro negro y una chaqueta de lana verde pistacho. Apoya la cabeza en el mango de un bastón. A su derecha está Hijo. Gafas. Camiseta de Asensio. El pelo, ni corto, ni largo. La longitud justa para que haya barullo en esa gran calabaza cuando le peguen un pescozón. A su derecha, la silla vacía de Padre. Adolfo Barbero canta las alineaciones. No hay novedades. Padre endereza el cartel de la puerta —«Peña Madridista José Martínez Pirri de Mula»— y  desencaja una silla blanca de plástico de la torre de sillas blancas de plástico. La coloca junto a la de Abuelo.

—Siéntate, hombre, ¿tienes frío? —pregunta Padre, frotándose las manos—. Porque yo estoy helado, me cago en la virgen del Carmen.

—No, no, estoy bien.

—Cuando era yo zagal sí que apretaba, me cago en Dios —dice Abuelo sin apartar la vista de la pantalla—, eso sí que eso sí que era frío.

Nadie contesta. La tele está rodeada de fotos. La Séptima, Don Alfredo, Paco Gento, La Sexta, Padre con Hierro, Zidane en Glasgow, Ramos en Lisboa. Encima, en una placa, el escudo. La barra está a la derecha, cercando la esquina. En el extremo que da al baño, una barra metálica llega al techo. Es verla y se me agolpan en la cabeza imágenes de El Desastre. Cómo pudo pasar… quién pensaría… En fin, la historia no tiene mucho: en noviembre fui a Berlín a ver al Pistola. Lleva circulando por Europa desde que terminamos la carrera. Dice que viajar es un valor en sí mismo. Últimamente se le va de las manos: baja al pueblo en Navidad, alguien le saluda y él escupe al suelo y suelta que lo que hay que hacer es salir de la zona de confort. Bueno, confogt, ahora dice confogt.

Llego y me mete en un bar y señala la barra y dice: «Mira, la Europa que nuestros padres soñaron». Un grupo de alemanes juega a los eructos. Me planta una pinta en las narices. Aquello era el Revólver de allí: bancos a los lados, la barra a la derecha, la cabina del DJ a la izquierda y el escenario en la base de la ele que lleva al baño. Todo de madera. En las paredes, Bowie, Reed y carteles de pelis expresionistas. Y venga cerveza. Yo con la maleta, el jet lag y sin probar bocado. El Pistola está bien. Curra en atención al público de Netflix. 1800 al mes. No recuerdo cómo dijo que se llamaba su puesto, pero es un call center. Y venga cerveza. Dice que funciona hasta con las tías y que el secreto es su nueva filosofía: La Existencia Pragmática. Y venga cerveza. No sé qué cara pondría, pero me palmeó el hombro y me dijo que yo también debería abrazarla. Casi vuelco.

La Existencia Pragmática consiste, según el Pistola, en olvidar todo lo que no se pueda ver y tocar. Afrontar las cosas como vengan, vivir sin desgastarse: algo así como la ley del mínimo esfuerzo emocional, espiritual y profesional. «Mira esa tía», señaló al banco de enfrente. Rodeada de vasos vacíos, entre dos grupos de arios, indios y chinos, una zagala se liaba un cigarro en silencio. Era guapísima. Mofletes como dos churretazos de kétchup, pelo oro rizado, ojos azules —azul segunda equipación del Madrid—, brazos para levantar remolques, tetas como la cabeza de Courtois. «No para de mirarte —siguió el Pistola—. La Existencia Pragmática dice que, si ella no da el primer paso, sigas a lo tuyo. Pero ojo —levantó el índice—, como diga de venir, estás obligado a hablar y sonreír y hacer que se ría y luego llevártela a su casa y etcétera». Le dije que me dejara en paz. Y venga cerveza. Cuando fue al baño, me volví a fijar en ella. Me miraba. Sonrió. Bajó la mirada. Volvió al cigarro. Un cigarro perfecto, supongo, a esas alturas, supremo en su cilindrez y sublime en su consistencia. Apuré la pinta y se me vino encima el pasado. Así, de pronto: los amores, los desamores, la consciencia de que la amargura y el desengaño acababan pesando más que los ramalazos eléctricos de felicidad, la sensación de que, después de todo, había agotado los intentos de hacer las cosas así.  Algo había muerto en mí.  «Tanto amor y tanta tontería…», dije entre dientes. «¿Qué?», preguntó el Pistola, soltando otras dos pintas sobre la mesa. «Nada», contesté. Pero ahí estaba. Lo vi. No sé si fue la cerveza, el jet lag o el estómago vacío. Yo creía que hablar de iluminaciones era vender humo, pero no sabes de lo que hablas hasta que lo sientes en cada célula, hasta que cada pelo se te empina, como buscando la luna: tenía que abrazar La Existencia Pragmática. Cuántas murgas y canas me habría ahorrado. Cuántas lágrimas inútiles. Solo lo sabe Cristo.

Vinicius regatea a cuatro defensas del Valladolid. Centra. Benzema falla el remate.

—¡Qué bueno es Vinicius, la hostia cana! —dice Padre.

Bueno, pues la alemana vino. Katalina. Olía a Nivea. Hablamos en inglés. «Hi». «Hello». Curraba de shop assistant en una librería al lado de Alexanderplatz. Escribía. Dijo que estaba tranquila, porque Joyce también fue librero. Entendí eso, quiero decir. Lo dijo entre risas, así que fui con todo y solté una carcajada antológica. Le dije que soy periodista. «Oh, how interesting». Los ojos se le abrieron un palmo. How interesting, sí: por supuesto, no mencioné que solo me llaman del periódico —30 € la crónica—  cuando el viejo peliblanco se bebe hasta los floreros y luego dice que le ha sentado mal la ensaladilla rusa. Y venga cerveza. Le dio por reírse de mi maleta. Le conté que fui con mi tío a la Citroën a comprarme un 307 y que, de camino, dijo que lo menos iba a «bajarle tres o cuatro mil duros»Conseguimos una maleta gris que se ajusta a las medidas estipuladas por Ryanair. A Katalina casi se le escapa el punto. «You funny, spaniard, very funny». Se retorcía de risa. «Ay, ay, I´m dying». El Pistola me hizo la cobertura. Se fue alejando. Es un buen amigo. Katalina me pasó su jarra fría y mojada y nuestros dedos se tocaron.  Y venga cerveza.

Vinicius regatea a tres defensas del Valladolid. Chuta. El balón rebota en el cuarto. Se cuela en la portería. Gritamos. Abuelo ni se inmuta.

—¡Qué bueno es Vinicius, la hostia cana! ¿Eh, papá? Vinicius es bueno, ¿eh?

Primer plano de Vinicius. Dientes.

—¡Sí, es bueno, pero es más feo que bueno!  —dice Padre. Sonríe. Abraza a Hijo.

Katalina dijo no sé qué de flatpool dance. Ahí estaba: la mismísima Existencia Pragmática. Le dije que me encantaban las dos cosas, las piscinas y bailar. No sé qué trajín de metros montó, pero llegamos a su piso a la hora y pico. La Europa que nuestros padres soñaron. En el pasillo le pregunté si querría la demostración a braza o back style. Venga a reírse. «You funny, spaniard, very funny»Abrió la puerta, encendió la luz y me topé con una barra de hierro en medio de un cuchitril con un sofá, una iguana de peluche, un colchón encima de dos palés, baño, cocina y polvo para parar un camión.  «Let´s go: show me your pooldance!». En qué momento. La palabra tragedia asomaba entre la barra y yo, en luces gigantes de neón parpadeante, pero ¿qué iba a hacer? Aquello se podía ver y tocar. Me dije que adelante. Estiré, Katalina venga a reírse, estornudé, me encaramé a la barra y, oye, que se me da bien, que a lo mejor he nacido para el pooldance. No podría expresar con palabras lo grácil, preciso y preciosista de mis movimientos. Qué giros, qué extensiones, qué contorsiones. Pensé que la clave era acabar, por una vez, con dignidad. «Una vuelta más y salida con clavada de rodillas», pensé con voz de Paloma del Río. Me solté, brazos extendidos, Katalina con la boca abierta, La Existencia Pragmática dando sus frutos, le guiñé un ojo, se llevó las manos a la cabeza, saqué morro, caí, noté la gloria crujir, me miró, señaló mi rodilla y vomitó. Miré mi rodilla. Que si quieres arroz, Katalina: lo que crujió no fue la gloria, no, el peluche estiró las cuatro patas como si fueran estandartes y adoptó una mueca espantosa. Terrible. Figúrate la escena: yo de rodillas, Iggy con el cuello roto, la nívea Katalina echando las tripas por el váter y mi maleta en la puerta.

—Y no te digo cuando nevaba —dice Abuelo—. Me cago en Dios, qué nevazos, caían unos copos que parecían zurullos.

Vinicius da un salto mortal. Aterriza de rodillas junto al banderín de córner. Todo el mundo aplaude.